Todas las mañanas antes de empezar a pintar me gusta sentarme en el estudio un rato, sólo observando y pensando en mi entorno, en mi cuadro o en el que vendrá, en el motivo a representar, en el futuro o presente, pero lo que más necesito hacer es coger unos cuantos libros para contemplar y estudiar cómo otros pintores han resuelto tan magistralmente aspectos que tan cuesta arriba se me hacen. Por ello, estos días he reproducido en papel para colgarlos a modo de póster en la pared del estudio algunos cuadros que para mi son imprescindibles, que ha veces se convierten en mi salvación, en mi fe para seguir, y otras en mi derrota, en el acento de mi mediocridad, pero aun así no me canso nunca de mirarlos y redescubrirlos.
Uno de esos cuadros es el retrato de Inocencio X de D. R. De Silva y Velázquez. Creo que no hay en toda la historia del Arte un retrato que haya llegado tan alto, y no sólo en técnica. Ana y yo lo pudimos contemplar en directo en el viaje que hicimos el pasado verano a Roma, la verdad es que nos quedamos mudos, era impresionante, allí solo, en una sala con una presencia que imponía, ¡daba miedo!. Es maravilloso ser testigo del talento de un hombre que mediante la magistral utilización del lenguaje de la pintura es capaz de sintetizar la esencia de un hombre y su sociedad. ¡Y encima de una manera que parece fácil!. Como dice un amigo (excelente pintor) gaditano, ¡ese hombre parece que suda! (y en todo su significado).
Si podéis hacer una escapada a Roma, no dudéis en acercaros a ver esta maravilla, lo encontrareis en la Galleria Doria Pamphilj, sólo por verlo merece la pena el viaje.
Y si encima os tomáis un buen helado de vainilla con frambuesa y con mucha panna en el trastevere, entonces un viaje perfecto.
Uno de esos cuadros es el retrato de Inocencio X de D. R. De Silva y Velázquez. Creo que no hay en toda la historia del Arte un retrato que haya llegado tan alto, y no sólo en técnica. Ana y yo lo pudimos contemplar en directo en el viaje que hicimos el pasado verano a Roma, la verdad es que nos quedamos mudos, era impresionante, allí solo, en una sala con una presencia que imponía, ¡daba miedo!. Es maravilloso ser testigo del talento de un hombre que mediante la magistral utilización del lenguaje de la pintura es capaz de sintetizar la esencia de un hombre y su sociedad. ¡Y encima de una manera que parece fácil!. Como dice un amigo (excelente pintor) gaditano, ¡ese hombre parece que suda! (y en todo su significado).
Si podéis hacer una escapada a Roma, no dudéis en acercaros a ver esta maravilla, lo encontrareis en la Galleria Doria Pamphilj, sólo por verlo merece la pena el viaje.
Y si encima os tomáis un buen helado de vainilla con frambuesa y con mucha panna en el trastevere, entonces un viaje perfecto.

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